Solo en lo que llevamos de año, llevo casi 1300 kilómetros en las piernas. Según mi cuenta de Strava, llevo 28 semanas seguidas saliendo a correr al menos dos veces por semana, con una media cercana a las cuatro salidas por semana. Si ampliásemos el rango temporal, saldrían cifras más llamativas, pero similares en proporción. Y, sin embargo, cada miércoles, cuando me pongo las zapatillas para hacer series, los nervios en el estómago siguen presentes. Si salgo a correr con algún compañero de nivel parecido al mío, dudo si seré capaz de mantener el ritmo o si no sería mejor, esta vez, hacer un rodaje suave y volver a casa sin daños físicos ni mentales nuevos.
Ignoro mis dudas y, normalmente, los entrenamientos salen. Unas veces mejor, otras peor, pero lo habitual es volver a casa satisfecho con la sesión y con ganas de afrontar las series de la semana siguiente.
Y aun así, la semana siguiente, la historia vuelve a empezar.
Durante mucho tiempo pensé que la confianza era otra cosa. Creía que consistía en acumular suficientes pruebas como para dejar de dudar. Que llegaría un momento en el que la experiencia, los kilómetros o los resultados terminarían por convencerme de que podía hacerlo.
Pero resulta que no funciona así.
Este domingo haré un triatlón. Ya hice uno en 2013, pero ha pasado tanto tiempo que lo estoy viviendo como si fuera la primera vez. Me ilusiona muchísimo, casi tanto como me preocupa el segmento de natación. Cada vez que entro en el agua aparecen pensamientos que no le enseñarías ni a tu peor enemigo: que no avanzo, que me falta aire, que todos nadan mejor, que quizá he cometido un error apuntándome.
Es el momento de la semana en el que soy más inaguantable, justo antes de meterme en el agua.
El otro día, empecé a nadar y no me sentí tan mal como otras veces, pero las dudas no desaparecían, así que me acordé que, unas semanas antes estuve en Port Aventura, y mientras daba vueltas en Stampida me llamó la atención el diseño de la atracción: un tren de hierro circulando a toda velocidad por una estructura de madera, en la que si algo falla, está rodeada por un montón de piedras blancas puntiagudas alrededor de toda la montaña rusa.
Ojalá tener la confianza del ingeniero que diseñó aquello.
Porque si yo hubiese tenido que diseñar una montaña rusa, la rodearía de una piscina de bolas o camas elásticas, algo blandito por si acaso.
Así que supongo que hay muchas formas de tener confianza, ser brillante, creerte indestructible o, simplemente aceptar las dudas, ignorar los monstruos imaginarios, respirar hondo y enfrentar lo que tienes delante.